La sequía de Guinness: ¿de verdad pasó?

Cuando despertamos, la cerveza irlandesa ya no estaba ahí. Pocos se dieron cuenta. Solo quienes disfrutamos de esa cremosa asociación de diminutas burbujas. Brindemos porque, al parecer, la escasez ya pasó.

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POR ARTURO FLORES

@arturoeleditor

Una de las razones por las que me emocionaba tanto viajar a Europa y a Estados Unidos, cuando las obligaciones laborales me llevaban más allá de la frontera, tiene un poco de nitrógeno.

El aperitivo

La esferita de nitrógeno al fondo de la lata

Si has disfrutado de una pinta de Guinness, habrás notado que, a diferencia de otras cervezas, su espuma posee burbujas muy compactas que le confieren una textura cremosa. Esto se debe a que la bebida se prepara con agua, cebada, lúpulo, levadura y una mezcla de gas compuesta por 70% de nitrógeno y 30% de dióxido de carbono.

En su versión enlatada, la bebida (creada por mi tocayo Arthur Guinness en el lejano 1759) lleva un widget flotante. Se trata de una esferita que, al destapar el envase, libera el gas que hace la magia. Por eso, cuando terminas de servirla (porque si de verdad sabes beber cerveza nunca lo harás directamente de la lata), puedes hacerla sonar como una sonaja.

¿Y qué tiene que ver todo esto con subirse a un avión? Que en México no se puede disfrutar de una Guinness de draft (barril). Los barriles solo se exportan desde Irlanda hacia otros países de Europa y algunos estados de Estados Unidos.

Para un beer lover -sobre todo para los apasionados de estilos como la India Pale Ale, la Red Ale y, claro, la Stout, como es el caso de Guinness-, disfrutar de una cerveza de barril representa una experiencia, como diría Enrique Iglesias, religiosa.

El plato fuerte

La sociedad de los poetas muertos sesiona en un pub en Nueva York

Desde hace un par de años, en México padecimos una escasez de la cerveza emblema de Irlanda. De acuerdo con un reporte de Forbes, se debió a que Diageo, su distribuidor, tuvo que reorganizar sus prioridades para poder surtir de barriles a sus mercados prioritarios. Sí, principalmente en Europa.

Esta situación generó rumores que, sin querer, funcionaron como campaña de marketing para una marca que no suele hacer demasiada publicidad. A lo mucho patrocina la Premier League inglesa y el campeonato de rugby Six Nations. Es cierto que Guinness tiene una miniserie, House of Guinness, en la que se dramatiza la batalla que emprendieron los hijos de sir Benjamin Guinness por controlar el imperio cervecero; sin embargo, la mayor parte de su promoción es orgánica. La firma no le ha pagado un centavo a celebridades como Ed Sheeran por participar en el Reto de la G; es decir, por intentar que, con el primer trago de una pinta, la espuma quede exactamente al nivel de la letra G impresa en el cristal.

Hace unos años, en Nueva York, llegué a un irish pub llamado The Dead Poet, donde te entregaban una tarjeta que sellaban por cada pinta de Guinness consumida. ¿El premio? Ninguno. Solo el honor de aparecer en el muro de los bebedores del lugar con el número de pintas que habías tomado. Pero es que de eso se trata Guinness: es un fenómeno parecido al club de fans de Jack Daniel’s, los Tennessee Squires, del que Frank Sinatra fue fundador, presidente y único miembro. Ya les hablaré de eso en otra ocasión, pero la pasión del cantante de ojos azules por el whiskey era tan grande, que dejó instrucciones para que lo sepultaran con una botella dentro del ataúd.

La pasión por la Guinness es así. No se trata de que sea la más cara, la más refinada o la más lujosa, pero sí es la cerveza más exclusiva en el sentido de que todo en ella adquiere una personalidad ritual, empezando por la forma en que se sirve. Hay que esperar 119.5 segundos exactos para que se asiente en el vaso y poder gozar plenamente de su sabor.

La sobremesa

En busca del unicornio espumoso

Hace un mes me llegó un mensaje por Instagram de mi taberna favorita: convocaban a una cata de Guinness. Fui en compañía de tres amigos. El cicerone nos contó que había logrado conseguir unas cajas. De hecho, ese mismo lugar las vende a precio de riñón en el mercado negro. Lo bueno es que, poco a poco, las latas también han empezado a aparecer en los anaqueles de las tiendas. Todo ha vuelto a la normalidad. Tal vez nunca hubo sequía o todo fue parte de un complot.

La última vez que estuve en la taberna, el cicerone me reveló que hay una distribuidora de abarrotes cerca de la Magdalena Mixhuca que vende barriles traídos directamente desde Irlanda. Obviamente, cuestan lo que un camión completo de horrendas Coronitas. Como sea, es más barato que ir a Europa.

Ya estamos armando la expedición. Si encuentro a ese unicornio, prometo que volveré para contarlo.

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Arturo J. Flores (@arturoeleditor) es escritor, periodista y guionista. Ha trabajado con publicaciones internacionales como In Touch y People en Español, además de haber sido editor de Playboy México. Es autor de varios libros entre cuento y crónica, así como ganador del Premio Justo Sierra O’Reilly de Novela. Está convencido de que, además de huesos y músculos, el ser humano está hecho de historias.

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