El mal empleado también cuesta cultura

Defender derechos laborales no significa romantizar la irresponsabilidad. Una empresa sana también debe protegerse de quienes dañan equipos, clientes y resultados.

Hablamos mucho de malos jefes, empresas tóxicas y culturas abusivas. Con razón. Pero hay otra conversación incómoda: también existen colaboradores que destruyen equipos desde adentro. Y tolerarlos por miedo al conflicto no es empatía, es pasarle la factura al resto.

El aperitivo

No todo se trata del jefe o de la empresa

Hay una frase que se repite mucho en las empresas: “la cultura se construye entre todos”. Suena bonita. También es cierta. El problema es que a veces olvidamos la segunda parte: si la cultura se construye entre todos, también puede destruirse entre todos.

Durante años hemos hablado -con toda razón- de jefes tóxicos, empresas abusivas, malas prácticas laborales y culturas donde la gente termina quemada, frustrada o renunciando en silencio. Esa conversación era necesaria y sigue siendo urgente.

Pero en la mesa falta un plato incómodo: el mal empleado también cuesta cultura.

No hablo de la persona que está aprendiendo, que atraviesa una mala etapa, que necesita capacitación o que no ha recibido claridad sobre sus objetivos. Eso no es ser mal empleado. Eso puede ser falta de acompañamiento, liderazgo o estructura. Hablo de otra cosa.

De quien incumple sistemáticamente y culpa siempre al entorno. De quien contamina al equipo con cinismo. De quien convierte cada retroalimentación en persecución. De quien usa el conflicto como estrategia. De quien no entrega, no colabora, no respeta y aun así exige que toda la organización gire alrededor de su narrativa.

Eso también existe.

Y fingir que no existe no hace a una empresa más humana. La hace más injusta con quienes sí cumplen.

El plato fuerte

El tiempo que se tarda en apagar un incendio

El costo de un mal colaborador rara vez aparece en un Excel con nombre y apellido. Aparece en el cansancio del compañero que siempre termina corrigiendo su trabajo. En el líder que dedica más tiempo a apagar incendios que a desarrollar talento. En el cliente que recibe un mal servicio. En el equipo que deja de exigir porque aprendió que reclamar trae problemas.

Y los datos ya pusieron precio a esa incomodidad.

Un estudio de Harvard Business School analizó a más de 50,000 trabajadores en 11 empresas y encontró que evitar a un trabajador tóxico puede generar más valor que contratar a una “superestrella”. En números: una empresa puede perder alrededor de 12,489 dólares por el costo de reemplazo asociado a un trabajador tóxico, mientras que un empleado en el top 1% de desempeño aporta aproximadamente 5,303 dólares adicionales en utilidad. 

Dicho en español de oficina: un mal elemento puede borrar, con una mano, lo que un gran talento construye con la otra. El problema no es solo financiero. Es cultural.

MIT Sloan Management Review analizó datos de 34 millones de perfiles laborales y más de 1.4 millones de reseñas de Glassdoor. Su conclusión fue brutal: una cultura tóxica es 10.4 veces más poderosa que la compensación para predecir la rotación de talento. Entre los elementos que más alimentan esa toxicidad aparecen el sentirse irrespetado, las conductas poco éticas y la falta de reconocimiento al buen desempeño. 

Ahí está el punto que muchos líderes evitan: tolerar al colaborador que no respeta, no cumple o no colabora también comunica cultura.

Comunica que el esfuerzo no importa tanto, que el buen desempeño pesa igual que la excusa.

Que quien hace ruido recibe más atención que quien hace bien su trabajo. Y eso termina agotando al mejor talento.

La profesora Christine Porath ha documentado el costo de la incivilidad en el trabajo: entre personas que experimentaron malos tratos, 66% dijo que su desempeño bajó, 78% afirmó que su compromiso disminuyó, 12% dejó su empleo y 25% admitió haber descargado su frustración con clientes

No estamos hablando de “drama laboral”.

Estamos hablando de productividad, servicio, rotación y reputación.

Gallup también lo ha medido desde otro ángulo: en su reporte global 2026, solo 20% de los empleados se encontraba comprometido con su trabajo en 2025, y el bajo compromiso le costó a la economía mundial cerca de 10 billones de dólares en productividad perdida. 

Además, Gallup describe a los empleados activamente desconectados como personas que no solo están inconformes, sino que también pueden socavar lo que sus compañeros comprometidos construyen todos los días. 

Por eso, una empresa madura no es la que despide rápido, es la que gestiona bien.

Documenta. Escucha. Retroalimenta. Capacita. Investiga. Da oportunidades. Y, cuando corresponde, pone consecuencias.

Porque los derechos laborales no son una licencia para incumplir, manipular o dañar al equipo. Y la empatía no puede convertirse en una coartada para la parálisis.

Una empresa que tolera a un mal colaborador por evitar el conflicto no está protegiendo la cultura, está dejando que el resto del equipo pague la factura.

La sobremesa

El derecho a laborar en paz

El dato para llevar a la próxima comida de negocios es este: según Harvard Business School, evitar a un trabajador tóxico puede valer más que contratar a una superestrella. No porque el talento brillante no importe, sino porque la cultura también se pierde por fuga.

Fuga de energía.

Fuga de confianza.

Fuga de clientes.

Fuga de buenos colaboradores que se cansan de cargar con quienes nadie se atreve a gestionar.

Defender derechos laborales es indispensable. Pero también lo es defender el derecho de los equipos a trabajar en entornos donde la responsabilidad importe. La cultura no solo se rompe por los malos jefes. También se fractura cuando las empresas confunden prudencia con parálisis, empatía con permisividad y respeto con temor a poner límites.

Al final, una organización madura no es la que evita todas las conversaciones difíciles, es la que sabe tenerlas con evidencia, humanidad y carácter. Porque cuidar a las personas también significa cuidar al equipo de quienes lo están desgastando.

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Christina Martínez (@chris.tuabogada) es especialista en Derecho Corporativo, Laboral y Migratorio. Asesora a empresas nacionales e internacionales en estrategias corporativas, laborales, migratorias, cumplimiento normativo y transformación organizacional. Además, es mamá orgullosa de 18 “perrihijos” y convencida de que las mejores conversaciones -y las mejores ideas- siempre comienzan alrededor de una buena sobremesa.

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