Sin embargo, durante los siguientes 29 años no cumplió con la promesa de ser un tío presente y constante: (“Te prometo que esta, tu familia de sangre, cuidará el alma de esos dos niños para que crezcan en el amor que tú les diste y no se pierda su bondad entre la obligación y la tradición”). Y para ellos su actual postura representa una desventaja.
Harry quiere regresar al seno de la familia real y no se va a poner del lado del tío para hacer enojar a su padre, el rey. Y flaco favor le hace a William como actual príncipe de Gales y heredero de la Corona británica, a quien claro que le importa la institución, el prestigio de su padre y el respeto a la tradición. ¿Qué pretende, que le aplauda? Ya no es 1997.
¿A quién beneficia arrastrar por el lodo a la familia real? A William no. Entonces, ¿beneficia a Diana de Gales revelar todo esto? Tampoco. Al final, la defensa que pretende enarbolar por Diana y todo lo que cuente de su vida juntos, se desdibujan completamente ante los oprobios dirigidos hacia los Windsor. El público y la prensa hablan solo de eso y no de lo otro, de la “verdadera Diana Spencer”.



