El aperitivo
De niña conocí a mis antepasados por una foto. Por mi mamá, bisabuelos revolucionarios: la bisabuela zapatista, el bisabuelo villista; él se la robó y el resto es historia hasta el heme aquí. En esas fotos se ven tan hechos, tan plantados, tan adultos, con las cananas cruzadas en el torso. Por mi papá, ferrocarrileros, con la casita al pie de las vías. Los altares de mis bisabuelas eran enormes: podía faltar para muchas cosas, pero no para agasajar a quienes nos debemos. El cempasúchil inundaba la casa y ese color vívido me anunciaba que era tiempo de ponerles sus gustitos: los cigarros, el tequila, la Coca-Cola, los dulces. Mi abuelo, arqueólogo e historiador, me enseñó qué era un tzompantli, el muro de cráneos de los mexicas, y que cempasúchil se escribía cempohual-xóchitl: cempohual: veinte flores, por sus muchos pétalos, y xóchitl por flor y por su uso la flor de los muertos. Los españoles metieron hasta su diccionario para escribir como a ellos les sonaba: cempasúchil y ‘pos’ bueno, hablamos español, no náhuatl, así que vamos a ponerle acento.
“Podía faltar para muchas cosas, pero no para agasajar a quienes nos debemos”.



