Ahora hay que ofrecerles disculpas a los violadores

Además del abuso mismo, del vía crucis que representa la denuncia, encima de todo las víctimas terminan doblemente humilladas por sus agresores.

El aperitivo

Ahora resulta que hay que pedirles perdón a los acusados de delitos sexuales… Sí, al parecer es lo de hoy: el hijo de la reina de Noruega, Marius Borg, apeló su sentencia y el juicio se repetirá al completo y los siete estudiantes de Cornell acusados de haber violado y drogado a una compañera siguen defendiendo que “ella quiso y estaba en sus cinco sentidos”… WHAT? 

Tanto las cuatro mujeres que acusan a Borg como las ya dos víctimas que acusan a estudiantes de la fraternidad Chi Phi de Cornell de abusar de ellas aludieron que se tardaron en denunciar porque se tardaron en procesar lo sucedido, en aceptarlo y en confirmarlo con la información que hoy tenemos sobre violencia de género, con pláticas con sus amigas y conversaciones con sus redes de apoyo. 

Sí, porque eso pasa, porque una se siente humillada, culpable y hasta trata de autoconvencerse de que “no, a mí no me violentaron”. 

Pero además de eso, hay otro tema: el cómo sucedió el abuso.

El Plato Fuerte

Dos mujeres acusaron a Marius Borg de haber abusado de ellas mientras estaban dormidas, y los siete de Cornell fueron acusados de cometer una violación colectiva mientras la víctima estaba intoxicada de alcohol y de ketamina que ellos le administraron. Todos recordamos el caso de la ciudadana francesa Giselle Pelicot, quien fue abusada sexualmente durante años por su esposo y desconocidos a los que el marido invitaba cuando ella estaba totalmente inconsciente por drogas que él le daba.

En México, uno de tantos influencers acusados por violaciones, un tal Naim Darrechi, fue señalado por varias chicas de vivir stealthing además de violentar a una señora en una fiesta. ¿Qué es esto? Penetrar o terminar el acto sin condón, sin el consentimiento de la mujer.

Lo que estos (poco) hombres olvidan es la palabra clave: CONSENSO. Esto significa: “No quiero hacerlo sin condón, no estaba despierta cuando me penetraste, no me acuerdo haberte dado permiso para hacerlo, no estaba en mis cabales cuando me sometiste, no acepté que me drogaras, no consentí en tener relaciones con varios hombres al mismo tiempo, no me presiones para hacer lo que tú quieras porque estoy en tu espacio”.

Pero los hombres acusados parecen confundir el consentimiento con esto: “Bien que querías o no hubieras venido; pero si estabas bien puesta; pero estabas súper borracha, pero si te encanta andar de buscona”, etcétera.

El tercer punto que pongo sobre la mesa es cómo demostrar con evidencia que las violaciones y abusos sucedieron realmente, si la víctima no corre inmediatamente al ministerio público (o su símil internacional) a someterse a una también violenta y revictimizante prueba física al momento. La víctima entra en negación en muchas ocasiones y se tarda en procesarlo.

Esto causa que la subjetividad y las lagunas legales hagan tan delicados estos casos, como lo explicó nuestra abogada Christina Martínez en su columna, al respecto de los abusos sexuales. Desde el lugar de la agredida, el contexto importa al entrar a la escena por su  propia voluntad. 

Entonces, las mujeres suelen perder y los hombres suelen escudarse en la posibilidad de las acusaciones falsas. ¿Qué son injustas? Claro. ¿Que la cultura de la cancelación ya no tiene medida? También. 

Pero los testimonios son la clave. Y debe de haber mujeres para valorar los mismos y que reconozcan los símbolos emocionales de la violencia o la ausencia de esta. 

Si no hay cambios en los códigos penales que contemplen una metodología que incluya a mujeres sin sesgos políticos o wokes, sino con perspectiva de género que descubra las falsas narrativas y no desestime las verdaderas, no va a mejorar algo.

Ahora, miremos unos datos:

La ONU y la OMS estiman que 1 de 3 mujeres han sido agredidas sexualmente por un hombre ya sea pareja o desconocido. Eso significa el 31.6 % de la población mundial femenina traducida en ¡840 millones de niñas, jóvenes y adultas! Este dato escalofriante se midió en 192 países a través de 1,529 encuestas.

¿Los hombres? Ni siquiera hay datos verificables y el contraste de los mismos es inmenso. Mientras que la Asociación RAINN dedicada a la protección de violencia sexual contra niños y jóvenes en Estados Unidos afirma que 1 de cada 6 hombres sufre violaciones sexuales, el Centro de Prevención de Enfermedades (CDC) del los Estados Unidos establece que 1 de cada 71 hombres ha vivido una agresión de tipo sexual en este país. El único dato certero que comparten es que dichas agresiones son perpetradas por otro hombre. En cuanto a las acusaciones falsas que tanto preocupan a la sociedad masculina, ninguna institución gubernamental u ONG ofrece estadísticas al respecto. De hecho, la única asociación que se involucró en esto fue The National Sexual Violence Resource Center (NSVRC); entidad estadounidense que publicó en 2023 un estudio específico en la Universidad de Northwestern en Chicago, sobre hombres falsamente acusados de acoso o abuso sexual, incluidas violaciones. Solo aquí de 136 señalamientos, 6 fueron falsos.

Si bien todo ciudadano es inocente hasta que se demuestre lo contrario, persiste la duda ante las acusaciones o denuncias de una mujer. Darles estas estadísticas no es querer culpar en automático a los hombres, sino resaltar que 1 de cada 3 mujeres en el mundo es violada (ya ni hablemos de 1 de 2 mujeres mexicanas ha sido violentada sexualmente por un hombre, de acuerdo con INEGI).

La sobremesa

En resumen: es muy común. Y es más común que los agresores no sean desconocidos, sino parejas, dates, amigos y colegas o profesores que abusen de tu confianza y vulnerabilidad física. En un mundo ideal nadie tendría que violarte porque estás sola, te vistes sexy o eres coqueta, porque se te pasan las copas o te quedas al final en una fiesta, o porque accedes a tener sexo con alguien pero él decide abusarte en el acto… 

Pero en la vida real los hombres lo hacen constantemente y eso es ilegal e inadmisible, no importa qué estándares moralinos tenga la sociedad o la policía en turno. No es no. Punto.

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Gabriella Morales-Casas es periodista desde 1993 y se desempeña como comentarista de televisión y radio, además de ser creadora de contenido en @elprincipadogaby. Como consultora de comunicación y relaciones públicas, ha trabajado en dobleuEse Atelier desde 2020, donde actualmente es directora de Foreign Affairs.

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