Mi reino por una camiseta

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POR ARTURO FLORES

@arturoeleditor

Todos te dicen que te la pongas. ¿Prefieres una con el logotipo de Metallica o una carita feliz?

Forrest Gump revolucionó el mercado de las camisetas, pero no ganó ni un dólar. Alguien más se hizo multimillonario gracias a que vendió millones de ellas impresas con el rostro del soldado que un día se echó a correr porque le rompieron el corazón.

Bueno, tampoco era su cara. Lo que sucedió es que mientras Forrest trotaba, pasó un camión y salpicó lodo encima. Un hombre que iba a su lado, intentando convencerlo de que le permitiera lanzar una línea de prendas con su imagen, le extendió una camiseta amarilla para que se limpiara la cara.

“De todos modos a la gente no le gustó el color”, le dijo.

Pero la mancha que quedó en ella dio origen al legendario Smiley, la carita feliz. Lo que sucedió después fue que el tipo se cansó de meter billetes en su bolsillo.

Por lo menos eso nos cuenta la película protagonizada por Tom Hanks en 1994.

En la realidad, la carita sonriente tuvo un origen distinto. Fue dibujada por Harvey Ball en 1963 como parte de una campaña de comunicación interna para una aseguradora estadounidense, creada por la directora de marketing Joy Young para mejorar la moral de los empleados en medio de un recorte laboral. 

Más adelante, los hermanos Murray y Bernard Spain tuvieron la idea de imprimirla en objetos promocionales.

En 1972, el francés Franklin Loufrani registró la marca y fundó The Smiley Company. Su hijo la convirtió en una corporación que ha trascendido el tiempo y las fronteras, generando montones de dinero. 

Tal vez de ahí venga la frase tan repetida en los lugares de trabajo: “ponte la camiseta”.

Dime tres canciones: ¿tú que vas a saber, chamaco?

Nos fascinan las camisetas. Todas las personas tenemos una consentida.

En 1993, MTV transmitió un promocional del sitio Yeyeye.com en el que un adolescente argentino buscaba con afán en su desordenada habitación la suya.

La frase: “¿Y mi remera de los Stones?” se volvió histórica para la Generación X. Tanto como el políticamente incorrecto remate, que bajo la lupa de la actualidad haría que el sketch fuera blanco de una campaña de cancelación. Búscalo en YouTube.

Para quienes crecimos en ese tiempo en el que el rock era la música en tendencia, las camisetas con logos de agrupaciones significaban mucho más que una prenda para enfurecer a nuestras mamás. Nos volvían parte de una élite. Un logia de audiófilos a la que no cualquiera tenía acceso.

De ahí que para muchas y muchos cuarentones de hoy representa una afrenta que alguien más joven se atreva a ir por la vida con una polera, dijeran en Chile, con el nombre de Iron Maiden, Nirvana o Slayer, sin ser capaz de mencionar cuando menos tres de sus canciones.

Porque hace tiempo, marcas de fast fashion, como Shasa o Pull & Bear, cuentan con la licencia para venderlas. De ahí que alguien que haya nacido en el 2010 crea que Megadeth es una marca de ropa y no el grupo liderado por Dave Mustaine. No es su culpa. 

También hay que mencionar que otras estrellas de rock como Iggy Pop o Youngblood han hecho de la falta de camiseta parte de su branding. Pero eso es harina de otro costal.

El departamento de marketing de los piratas

No hay que olvidar que esos grupos son grandes empresas y, ante todo, love brands que generan reconocimiento, pertenencia y comunidad. En la lista de los artistas mejor pagados de 2025 que publicó Forbes, figuran grupos de rock como Metallica, Coldplay o Imagine Dragons, pero también estrellas del hip hop como Tyler, The Creator, reinas del pop como Taylor Swift y el profeta del reguetón, Bad Bunny.

Todos ellos, además de muchos boletos, venden kilos de camisetas. Merchandise, como se le conoce. Porque además de ropa, existe una variedad de productos que van desde pines, termos y destilados (Metallica tiene su propio whisky) hasta café, sólo por mencionar algunos.

Hace tiempo que la música grabada no representa un ingreso para los músicos. Pero tampoco se iban a quedar de brazos cruzados. Por eso nos venden cualquier cosa que lleve su cara y nosotros las compramos gustosos. Curiosamente, el mercado informal de camisetas en los conciertos que tienen lugar en México es popular en todo el mundo por su creatividad.

Tanto que James Hetfield, en el documental Orgullo, pasión y gloria, reconoce que el grupo vio afuera del Foro Sol (hoy Estadio GNP) diseños que a su propio equipo de marketing nunca se le hubieran ocurrido. 

El año pasado, luego de la controversia que existió alrededor de la famosa Casita de Bad Bunny, en las calles se vendió con voracidad una camiseta pirata con una leyenda rebosante de jiribilla mexa: “Debí comprar en General B”.

El “casacómetro” del Mundial 

La pasión por la camiseta tiene en el futbol otro de sus terrenos más fértiles. Pero también más aguerridos. Al integrante de una barra le puede costar muy caro pasearse entre los militantes de otra exhibiendo la camiseta de su equipo.

Hasta 180 dólares puede costar en la FIFA Store una casaca original de las selecciones más cotizadas, como es el caso de Argentina, Brasil, Francia e Inglaterra. La de México no canta mal las rancheras. Cuesta 150 dólares y seguramente se moverán varias de ellas durante este Hot Sale.

Entre los jerseys más solicitados destacan los de Kylian Mbappé, Lamine Yamal, Jude Bellingham y Cristiano Ronaldo. En lo que respecta a Latinoamérica, el “casacómetro” lo encabeza Lionel Messi. Golazo de La Pulga.

Creo que pocas pruebas tan duras he tenido de desprendimiento de lo material como cuando me deshice de aquella que compré en el Download Festival en 2009. Fue mi primer festival europeo de música y, una década después, la conservaba aunque estuviera a punto de desintegrarse en la lavadora.

Hasta que decidí que, como cantó Cerati, decir adiós es crecer.

No niego que durante un tiempo la eché de menos. Aunque sí la cambiaría por una camiseta con la cara de Kurt Cobain impresa en lodo, como en Forrest Gump.

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Arturo J. Flores (@arturoeleditor) es escritor, periodista y guionista. Ha trabajado con publicaciones internacionales como In Touch y People en Español, además de haber sido editor de Playboy México. Es autor de varios libros entre cuento y crónica, así como ganador del Premio Justo Sierra O’Reilly de Novela. Está convencido de que, además de huesos y músculos, el ser humano está hecho de historias.

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