Réquiem por las rotativas: el periodismo digital no puede hacer tres cosas

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POR ARTURO FLORES

@arturoeleditor

Rotativas, laboratorios de revelado y ríos de tinta son parte de un museo inexistente del que podría ser guía.

Pienso que podría ser un buen guía de turistas. Disfruto mucho contar historias. Aunque me muestro un poco reservado cuando llego a una reunión y no conozco a nadie, tarde o temprano termino platicando con todos. “Soy una maquinita de hablar”, dijo alguna vez Carlos Fuentes.

De María Félix al Ratón Macías: una galería que se perdió

Trabajé en un periódico en tiempos en los que el papel existía en todos lados. Era reportero en la sección de espectáculos. Pero, por razones que no recuerdo, acabé encabezando las visitas guiadas que algunas escuelas hacían a nuestras instalaciones.

Mi responsabilidad consistía en llegar un poco más temprano los días en que alguna escuela -sobre todo universidades donde se cursaba la carrera de Comunicación- acudía al periódico y conducía a los estudiantes a través de todo el proceso de creación de un diario.

Había tres spots que llamaban especialmente su atención: el archivo fotográfico, el laboratorio de revelado y las rotativas.

Ninguno de ellos existe ya. Son piezas de un museo inexistente. De hecho, aunque algunos periódicos siguen imprimiéndose, como es el caso de Esto, donde inicié mi carrera, es posible que alguien muy joven ni siquiera imagine lo que había que hacer a finales de los 90 para que una noticia acabara inmortalizada en un cuarto de plana.

De entrada, el archivo fotográfico contenía miles y miles de sobres tipo manila organizados de manera alfabética. Debido a que Esto comenzó su historia en 1941, la mayor parte de su acervo consistía en fotografías en blanco y negro de figuras del deporte y el espectáculo como Raúl “El Ratón” Macías, Jorge Negrete, Nadia Comăneci y María Félix, entre otras. Por ahí se quedó una mía junto a Angelina Jolie, pero esa es otra historia.

El olor a químicos también se disipó

En el laboratorio se revelaban los rollos que los fotógrafos traían de sus coberturas, antes de la invención de la imagen digital. Olía a químicos y lo dirigía un laboratorista -como se llamaba el puesto- que colgaba las fotografías en un tendedero para que, al cabo de unos minutos, fueran apareciendo figuras en ellas.

Las rotativas eran unas máquinas gigantescas y escandalosas en las que la tinta y el papel celebraban su histórica reunión. En películas como Citizen Kane puede apreciarse esa escena paradigmática en la que las rotativas arrojaban cientos de ejemplares a toda velocidad.

El cirujano digital

Más adelante trabajé en una empresa editorial que producía varias revistas de diferentes giros: autos, gastronomía, viajes y deportes. Pero la estrella de la casa era una en la que aparecían modelos de una incuestionable belleza.

Otra vez me encargué de recibir a los estudiantes universitarios que solicitaban conocer nuestras instalaciones. Ya no existían ni el laboratorio, ni el archivo ni mucho menos las rotativas. Aunque las revistas aún se imprimían, toda la parte gráfica se resolvía de forma digital. Incluso, la imprenta recibía los archivos finales en un .zip comprimido donde cabía una Biblioteca de Alejandría.

Pero a los chicos les apasionaba conocer los procesos detrás del retoque. Aún recuerdo cómo se les escapaba un “aaaaah” de sorpresa luego de contemplar cómo una col de bruselas se volvía suculenta, se borraba una mancha del cofre de un Porsche o una modelo perdía peso con un simple clic.

La inteligencia artificial acabó con ese factor sorpresa. Casi cualquier app -Google, con Gemini, u OpenAI, con ChatGPT- puede rejuvenecerte algunos años, ahorrarte meses de gimnasio o cambiarte el color del cabello.

Un rave en las rotativas

Está de más decir que la mayoría de los periódicos y revistas tampoco se imprimen. Según me contó una colega que trabaja para otro gran diario mexicano, hace tiempo que sus dueños consideran utilizar el espacio de las rotativas como venue en renta para fiestas.

Creo que sería un buen guía de turistas. Si existiera un parque temático inspirado en un periódico “de los de antes”, en el que pudiera contar historias acerca de cómo se trabajaba en los medios de comunicación hace algunas décadas. Antes de que se pudieran generar notas con IA -agradezco, sin embargo, que puedan realizarse transcripciones de una entrevista en lo que dura un estornudo- y de que en un iPhone existiera suficiente tecnología, ya no digamos para hacer una fotografía de concurso, sino para rodar una película.

Escribo estas líneas porque esta semana me invitaron a participar en un conversatorio sobre la IA aplicada al periodismo, junto a otros colegas. Tuvo lugar en la Universidad de la Comunicación, donde alguna vez impartí la materia de Técnicas Periodísticas a los chicos de tercer semestre.

Me preguntaron si hay algo con lo que los medios digitales y la inteligencia artificial no puedan competir frente a los periódicos impresos.

Les dije que sí:

  1. Nadie puede envolver un aguacate para que madure en la página web del The Washington Post.
  2. Es imposible encender un asador de carne con una esquina del portal de Al Jazeera.
  3. Nadie se atrevería a tapizar el suelo de la jaula de su loro con varios iPads en los que apareciera el newsletter al que se suscribió.

Touché.

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Arturo J. Flores (@arturoeleditor) es escritor, periodista y guionista. Ha trabajado con publicaciones internacionales como In Touch y People en Español, además de haber sido editor de Playboy México. Es autor de varios libros entre cuento y crónica, así como ganador del Premio Justo Sierra O’Reilly de Novela. Está convencido de que, además de huesos y músculos, el ser humano está hecho de historias.

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