¿Para qué sirve un rey? Para hacer PR…

El rey Felipe no vino solo a ver un partido de futbol, sino a jugar una partida de ajedrez diplomático.

El aperitivo

El networking de la corona

Siempre me preguntan: “¿Y para qué sirven los reyes si nomás están de adorno?”. En mi papel mediático como especialista en monarquías y diplomacia en radio y televisión, suelo explicar -y muchas veces defender- la existencia de las monarquías constitucionales en países europeos que mantienen esta forma de jefatura de estado, tan lejana e inexplicable para nosotros, los hispanoamericanos.

Pero para ellos no es extraño ni vetusto, la respuesta es simple: en términos políticos su papel es el soft power o el poder blando, o la diplomacia grandiosa. Sin embargo, en términos prácticos su chamba es hacer relaciones públicas, o sea: networking para sus empresas y resolución de conflictos para sus gobernantes, como si fueran sus clientes, con la salvedad de que quienes les pagan son los ciudadanos con los impuestos. Pero el resultado es el mismo: cuidar la imagen del país.

El plato fuerte

Esto es un trabajo para el rey

El marketing royal no se limita a vender tacitas o pegatinas para el refri con motivos de coronas o a visitar palacios como museos. Repasemos casos como el del rey Charles III de Reino Unido, quien tuvo que recibir al presidente Trump en el castillo de Windsor y darle un tratamiento como si se tratara de otro congénere real, después de que Trump tildara de “juguetes” a los militares británicos y se burlara constantemente del primer ministro sir Keir Starmer. 

Sucedió también con los reyes de los Países Bajos, Guillermo Alejandro y Máxima, y el mismo personaje al que visitaron en la Casa Blanca con una comitiva de empresarios comerciales, que buscaban hacer lo que el premier no lograba: recibir a los enviados de negociaciones.

El rey Felipe de España ha tenido que hacer una labor similar con un “rival” inesperado: México, su país hermano y principal socio comercial por encima del bloque europeo. El motivo ha sido noticia desde 2018, cuando el nuevo gobierno de Morena le exigió que pidiera disculpas al pueblo de México por los abusos y el genocidio indígena durante la Conquista Española sucedida hace 500 años. Primero fue el expresidente López Obrador y luego la presidenta Sheinbaum. 

Felipe intentó “mediar” un poco hace un par de meses al decirle al embajador de México en España que “en la Conquista hubo dolor y abusos”. Una respuesta coloquial que muchos nacionalistas españoles encontraron “vergonzosa” por parte de su monarca. Entre esos españoles inconformes estuvo la presidenta de la Comunidad de Madrid, es decir, la gobernadora de esa ciudad y su zona conurbada, la señora Isabel Ayuso, del partido de derechas.

Ayuso es la única voz que cuestiona, critica y “le planta cara” al presidente Pedro Sánchez, un polarizador y provocador natural. En su afán por molestar al presidente, la señora Ayuso, invitada por la oposición a México, cometió el error de sembrar odio y desdén llamando a nuestro país Méjico y refrendando que deberíamos de agradecerle a España que nos hiciera entes civilizados; esto, porque Sánchez no tomaba partido sobre las disculpas. 

Sheinbaum la exhibió con datos documentales y la bienvenida a México como un país libre de expresión y agencia para ella o cualquier extranjero, pero el daño moral a México (con una ciudadanía muy nacionalista) ya estaba hecho. Alguien tenía que hacerse cargo de la crisis de imagen pública de España con su mejor amigo.

Y llegó la batiseñal… Felipe VI aceptó de inmediato la invitación a México para presenciar el partido de la Selección Española con Uruguay en el estadio Guadalajara durante el Mundial, que hizo la presidenta a todos los mandatarios cuyos equipos jugarían aquí y solo España y Japón aceptaron (la hermana del emperador vino a Monterrey).

El rey es el mejor diplomático de Europa y el monarca más viajero del continente.

El postre

Disculpas no habrá, pero sí conciliación

¿Concierto de Plácido Domingo con el Gobierno del Estado? No, gracias. ¿Reunión en el Palacio Nacional con el ministro de exteriores de España y Claudia Sheinbaum con su canciller? ¡Obvio! Porque alguien tenía que recoger el tiradero que dejó Ayuso y refrendar las relaciones diplomáticas, culturales, comerciales y amigables que México y España han construido desde que, en 1975, Juan Carlos I visitó México tras restablecer la democracia en España. 

Un rey escucha, aconseja y resuelve un conflicto con poder blando, clase y sofisticación, pero sobre todo con su aura real. Sus prácticas son las mismas que usamos en las agencias de marketing y relaciones públicas: sus consultores planean estrategias que el monarca y su familia ejecutan como hechura de filigrana y casi siempre se salen con la suya… Les aseguro que no habrá disculpas, pero sí una “conciliación” cuyos detalles nunca sabremos… Es secreto real.

¡Compártelo!

Gabriella Morales-Casas es periodista desde 1993 y se desempeña como comentarista de televisión y radio, además de ser creadora de contenido en @elprincipadogaby. Como consultora de comunicación y relaciones públicas, ha trabajado en dobleuEse Atelier desde 2020, donde actualmente es directora de Foreign Affairs.

Tu próxima lectura te espera...

¡Suscríbete a nuestro Newsletter!

Subscription Blog