Simplemente le ofrecí disculpas, porque dentro de su diatriba consideré que tenía un punto: no tenía por qué insultarlo. Fueron escuetas, pero mirándolo a los ojos y con convicción: “Tienes razón, no debí decirte eso. Te ofrezco una disculpa”. Cabe decir que para este punto, ya estaban los demás convidados, meseros, hostesses y hasta el músico que amenizaría la noche, instalados en la mesa.
Pero como suele suceder en las culturas latinoamericanas cuando ofreces disculpas, la gente no solo no las acepta, sino que las toma como un boleto a la ignominia, el deseo de humillación y el abuso verbal. Siguió gritándome ahora con más fuerza, incluso me llamó “verdulera” y me acusó de “mentarle la madre”. Todo ello acompañado de señalamientos con el dedo índice, sacudiéndose como una salamandra y escupiendo burbujas de espuma sobre los servicios ajenos.
Solo lo interrumpí para decirle que ni le menté nada, que ya me había disculpado, que dejara de hablarme así y que con esa actitud solo estaba demostrando que sí era lo que le dije. Se encendió más, por supuesto. Luego me reí, no sé si de nervios o de la vergüenza propia y ajena que me causaba la situación.



