Pero los hombres acusados parecen confundir el consentimiento con esto: “Bien que querías o no hubieras venido; pero si estabas bien puesta; pero estabas súper borracha, pero si te encanta andar de buscona”, etcétera.
El tercer punto que pongo sobre la mesa es cómo demostrar con evidencia que las violaciones y abusos sucedieron realmente, si la víctima no corre inmediatamente al ministerio público (o su símil internacional) a someterse a una también violenta y revictimizante prueba física al momento. La víctima entra en negación en muchas ocasiones y se tarda en procesarlo.
Esto causa que la subjetividad y las lagunas legales hagan tan delicados estos casos, como lo explicó nuestra abogada Christina Martínez en su columna, al respecto de los abusos sexuales. Desde el lugar de la agredida, el contexto importa al entrar a la escena por su propia voluntad.
Entonces, las mujeres suelen perder y los hombres suelen escudarse en la posibilidad de las acusaciones falsas. ¿Qué son injustas? Claro. ¿Que la cultura de la cancelación ya no tiene medida? También.
Pero los testimonios son la clave. Y debe de haber mujeres para valorar los mismos y que reconozcan los símbolos emocionales de la violencia o la ausencia de esta.



