Ley Seca: Homero Simpson tenía razón

No se ha confirmado que, como sucedió con otros partidos de México en el Mundial, este domingo vaya a restringirse la venta de alcohol en los perímetros del Ángel de la Independencia. ¿Vale la pena prohibir que una tienda distribuya cerveza cuando está claro que el mexicano, como el Barón de la Cerveza de Springfield, siempre encuentra el cómo sí?

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POR ARTURO FLORES

@arturoeleditor

Cerca de donde vivo hay un puesto de jugos que casi nunca cierra. Está abierto hasta entrada la madrugada. Me llama la atención que no hubiera nunca gente fit que se acercara a pedir un jugo de betabel. Casi siempre está habitado por ancianos somnolientos que se acodan delante de la barra, para sorber pacientemente del popote que brota de sus vasos de unicel de a litro.

El aperitivo

Un licuado de betabel en el after

Se lo achaco a que la persona que lo atiende es un hombre entrado en años. Siempre tiene una pequeña televisión encendida. Proyecta alguna película en blanco y negro de tiempos ancestrales. Cuando mi abuela veía ese tipo de largometrajes, enlistaba en voz alta los nombres de las actrices y actores que reconocía en pantalla para sentenciar al final: “¡Puros muertos!”.

Hace años que ella ya se reunió con toda esa pléyade de primeros actores, vedettes y cómicos de principios del siglo pasado.

Una noche venía de regreso de algún concierto junto a una pareja de amigos. Uno dijo:

—Nos quedamos aquí, llego más rápido a mi casa si me meto por la calle donde está el puesto de jugos en el que venden chupe.

—¿Venden tragos ahí? —pregunté extrañado.

—¡Pues claro! ¿A quién se le antoja un licuado a las dos de la mañana?

El plato fuerte

El charro abstemio en el país de los borrachos

El mismo día que México le metió tres goles a Chequia, la Alianza Nacional de Pequeños Comerciantes reportó pérdidas de entre 12 y 15 millones de pesos a consecuencia de las limitaciones impuestas a la venta de alcohol.

Está prohibido beber en la calle. Eso siempre, y no solo cuando hay Ley Seca. Sin embargo, la medida que el Gobierno de la Ciudad de México impuso durante el pasado encuentro de la Selección Nacional con su similar de Ecuador no evitó que miles y miles de personas anduvieran por las calles con una lata de cerveza en la mano, un vaso para michelada escarchado con chamoy o, de plano, tomando tequila directo de la botella; como en aquellas películas de Pedro Infante y Jorge Negrete que veía mi abuela y que en la actualidad se proyectan en el puesto de jugos de mi colonia.

Curiosamente, ambos charros del cine de la Época de Oro eran abstemios.

Vivo muy cerca del Ángel de la Independencia. En una calle que en un día normal suele ser poco transitada. Pero el día que Quiñones causó vibraciones antropogénicas (confundidas con un microsismo) en la Ciudad de México por el golazo que le asestó a Ecuador, una pick up la atravesó a toda velocidad. En la caja iban cinco personas. Llevaban, además de una bocina de la que salía Don Omar a todo volumen, sendas caguamas que exhibían ante los transeúntes con el orgullo de un piel roja que recién hubiera arrancado el cuero cabelludo a un cowboy.

Otros tantos iban dando tumbos por la banqueta.

De acuerdo con el blog de datos e incidencia política de la Red por los Derechos de la Infancia en México (REDIM), 42.8% de la población mayor de 10 años bebe alcohol. De hecho, el consumo inicia alrededor de los 13 años.

Y no es mi intención darme golpes de pecho, porque yo debo haber tomado mi primera cerveza más o menos a esa edad. Me gusta disfrutar de una buena India Pale Ale, un mezcal de pechuga o una ginebra con tónica. Solo que a veces me pregunto qué sentido tiene establecer una Ley Seca en una ciudad donde un juguero sirve cócteles en vasos de unicel o, como nos tocó ver a quienes hemos ido a un concierto en el Zócalo, las chelas se venden en carritos del súper adaptados como bares con ruedas.

Al final, el vicio, como los dinosaurios de Jurassic Park, siempre encuentra el camino.

La sobremesa

Homero Simpson: la sabiduría detrás del Barón de la Cerveza

Este domingo México enfrenta a Inglaterra. Además del futbol, nos une el gusto por el alcohol; sin embargo, en la patria de David Bowie se consume más que en la tierra de Juan Gabriel. Ellos ingieren hasta 12 litros per cápita. Nosotros, solo seis.

Pero sí somos mucho más creativos para emborracharnos. Mientras los británicos ponderan la pureza de sus ingredientes y el método cuasi científico con el que sirven sus pintas, en México hemos convertido a la cerveza en un revoltijo democrático en el que caben las gomitas, los camarones, la sal, el limón, Salsa Inglesa (¡oops!), la salsa Búfalo, la Valentina y el chile piquín.

Mientras escribo estas líneas no se ha confirmado si habrá restricciones en la venta de alcohol este domingo. Pero todo borracho de cepa sabe que siempre existe una ventanita del amor que no se cierra. Una tiendita que se las ingenia para romper las reglas… o un puesto de jugos.

No lo celebro, solo lo describo.

Ya lo dijo Homero Simpson, con el cerebro inundado de cerveza y sabiduría por igual, en el episodio en el que distribuye cerveza de manera clandestina para burlar la Ley Seca que se impone en Springfield después de un descontrolado Día de San Patricio:

“¡Por el alcohol: causa y a la vez solución de todos los problemas de la vida!”.

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Arturo J. Flores (@arturoeleditor) es escritor, periodista y guionista. Ha trabajado con publicaciones internacionales como In Touch y People en Español, además de haber sido editor de Playboy México. Es autor de varios libros entre cuento y crónica, así como ganador del Premio Justo Sierra O’Reilly de Novela. Está convencido de que, además de huesos y músculos, el ser humano está hecho de historias.

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