El aperitivo
Desde 2019, Meta sabía que era responsable de distorsionar la autopercepción de los adolescentes. No le importó. Un estudio interno –filtrado dos años después por la extrabajadora Frances Haugen– encontró que Instagram empeoraba la imagen corporal de una de cada tres adolescentes, que ya se sentían mal con su cuerpo, y que uno de cada cuatro usuarios adolescentes sentía que la app lo hacía sentir “insuficiente” en su propia vida. La empresa no cambió ni una línea de su código: siguió optimizando el mismo algoritmo que causaba daño. Más complejo, más eficiente, más tóxico. Ayer arrancó, en una corte federal de Oakland, el juicio que Meta llevaba años esquivando.
Cuatro fiscalías estatales (California, Colorado, Kentucky y Nueva Jersey) la sientan en el banquillo, acusándola de diseñar a propósito plataformas adictivas para menores: scroll infinito, autoplay, notificaciones calibradas al milisegundo exacto del pico de dopamina. Piden hasta 1.4 billones de dólares (o sea, en español: 1.4 millones de millones), cifra que surge de multiplicar la sanción por cada cuenta de un menor de 13 años abierta sin permiso de sus padres. Ya hay antecedentes: en marzo, un jurado de Los Ángeles falló que Instagram y YouTube son “productos defectuosos” y obligó a Meta a pagar 6 millones de dólares a una joven de 20 años que desarrolló depresión y dismorfia corporal por usar la app desde niña.



