Ahí la frase deja de ser inspiradora y se vuelve sospechosa. Porque una empresa no es una familia. Y no tiene por qué serlo.
Una empresa puede ser un espacio de crecimiento, comunidad, propósito y orgullo profesional. Así como tener líderes memorables, equipos que se cuidan y relaciones que se vuelven importantes.
Pero no es una familia… Es una organización.
Tiene objetivos, presupuestos, evaluaciones, jerarquías, reglas, contrataciones y despidos. Tiene momentos de expansión y otros de recorte. Tiene decisiones difíciles que, por más humanas que intenten ser, responden a una lógica corporativa.
Negarlo no hace a la empresa más cálida. La vuelve menos honesta.



