Cada cuanto comento en posts de colegas míos en Reino Unido sus videos sobre Meghan Markle, la esposa del príncipe Harry. Basta con que ponga: “Estoy de acuerdo”, para que me caigan hordas de haters que sienten que la defienden insultando a cualquiera que haga un comentario que no sea para alabarla. La mayoría son fans pero también bots, según el estudio de mercado que pagué en Influencity para rastrearlos. Cualquiera que no la ame, entonces la odia.
Un último y reciente ejemplo sucedió con la columna incidental (porque no trabaja ahí) del comentarista judío Ezra Shabot en Nexos, al tildar a las infancias de Gaza como futuros “yihadistas” y definir a toda la población como terrorista, justificando el genocidio de Israel a la franja palestina. Por un lado, los intelectuales más jóvenes y liberales exigieron que se bajara del portal dicha columna, por replicar un discurso de odio sin más argumentos que la opinión personal de un señor.
Por el otro, los intelectuales y periodistas mayores de 60 años apoyaron “la libertad de expresión” que debe prevalecer en una democracia… Sin embargo, dichos personajes olvidan que el periodismo tiene algo que se llama responsabilidad y que parte de otro concepto que se llama “ética”. Yo puedo creer muchas cosas, pero no voy a espetarlas como si se tratara del diario de un borracho.
Los periodistas, como las figuras públicas que aprecien su estatus, debemos mantener neutralidad o bien objetividad. Incluso, si tienes una línea editorial definida, una ideología antigobiernista, propalestina, antiliberal o profamilia, debes hacerlo con argumentos, datos y citas. También debemos responsabilizarnos de nuestros seguidores. Meghan sabe que sus fans son violentos y no hace nada al respecto, pero sigue dando conferencias sobre “ciberacoso y violencia digital”. El chiste se cuenta solo.



