Una idea generalizada respecto a la comedia es que las personas que la practican son muy chistosas. Craso error. La mayoría de los comediantes son todo menos hilarantes en su vida cotidiana. Algunos de ellos, como Woody Allen, Ellen DeGeneres, Robin Williams (QEPD) o —hablando de México— Carlos Ballarta, son reservados, tímidos, incluso atormentados. Otros, como Malena Pichot, en realidad tocan en sus rutinas temas muy serios, como el aborto, de maneras tan originales que ahí generan la risa.
Los comediantes son en realidad plumas sobresalientes, capaces de plantear situaciones que provocan risa a partir de puntos de vista sumamente oscuros. Hackean cerebros, pues.
Tal vez por eso hay gente poderosa que le tiene miedo a los que hacen reír. Donald Trump ha protagonizado una serie de peleas con muchísimos comediantes, entre los que se encuentran Jimmy Fallon, Sacha Baron Cohen, Jimmy Kimmel y Rosie O’Donnell.
En México, no pinta tan distinto. La famosa iniciativa para proteger a las audiencias podría servir para silenciar, además de a periodistas, a comediantes críticos del sistema.
Edgar Allan Poe escribió un cuento titulado Hop-Frog, acerca de un enano bufón que, simulando una broma, consigue vengarse sanguinariamente del rey tirano que lo esclavizó.
Tal vez no es casualidad que en esta Latinoamérica tan azotada por los excesos del poder, nos guste tanto la comedia.