Cinéfilos en extinción

Cada vez menos personas quieren ver una película de tres horas junto a decenas de desconocidos. Por si fuera poco, nuestro limitado periodo de atención siente como una afrenta sentarse durante más de tres horas a que le cuenten una historia sin la oportunidad de mirar el celular. ¿El streaming ganó la batalla?

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POR ARTURO FLORES

@arturoeleditor

El aperitivo

Alfred Hitchcock decía que el cine son cuatrocientas butacas que llenar. Hoy en día, el promedio de asientos en una sala comercial es de entre 80 y 120.

¿Qué tienen en común el Cine Ópera, el Palacio Chino y el Cine Plaza? Además de que solían proyectar películas, hoy los tres se encuentran cerrados. El último ya fue derrumbado, pero antes de convertirse en escombros, funcionaba como venue musical. El Cine Ópera, cuando aún no despedía ese aroma a abandono, sirvió como locación de un comercial de Mercedes-Benz en 2015.

La CDMX está llena de cines en ruinas. Así como la leyenda del Palacio Chino permanece en la memoria de quienes disfrutaron del séptimo arte previo a la irrupción de los grandes complejos, los más jóvenes tampoco pudieron ver una película en la gran pantalla de recintos como el Cosmos, el Orfeón o el Metropólitan. Algunos se transformaron en centros comerciales, foros culturales o escenarios para conciertos.

Hace mucho que el cine —no el arte, sino el inmueble para ver una película— dejó de representar un negocio. Esto ocurre a pesar de que, históricamente, al exhibidor se destina 50% de la taquilla.

Aquello que solía decirse: “el cine se ve mejor en el cine”, ya no opera para todos.

El plato fuerte

A propósito de La Odisea, llama la atención que cause tanto revuelo la duración del largometraje: dos horas con cincuenta y tres minutos. Se entiende que para una humanidad que —de acuerdo con un estudio reciente del MIT Media Lab y la Universidad de Stanford— le brinda un promedio de 7.6 segundos a un contenido antes de saltar a otro, esto suene a una eternidad. Pero tampoco se trata de algo tan nuevo. Basta echar un vistazo a algunas de las películas más largas en la historia de la cultura pop:
  1. Lo que el viento se llevó (1939) – 3 horas y 58 minutos
  2. Érase una vez en América (1984) – 3 horas y 49 minutos
  3. El padrino: parte II (1974) – 3 horas y 22 minutos
  4. El señor de los anillos: el retorno del rey (2003) – 4 horas y 23 minutos (versión extendida)
  5. Titanic (1997) – 3 horas y 14 minutos

En tiempos pretéritos, a nadie le molestaba la idea de sentarse durante varias horas a que le contaran una historia. Incluso había quienes pensaban que pagar un boleto por un largometraje tan extenso era “obtener más por su dinero”, pero tampoco se le exigía al cine que, además de un buen guión representado por actores talentosos, nos asegurara una experiencia. El cine era LA EXPERIENCIA.

Ahí van otros datos interesantes acerca del hábito de ir al cine. De acuerdo con la Motion Picture Association (MPA), el promedio de asistencia en Estados Unidos ha disminuido de 4.9 a 2.4 visitas por persona al año. La Cámara Nacional de la Industria Cinematográfica también reportó un desplome en la venta de localidades en México; si bien la crisis comenzó antes, la caída se agudizó tras la pandemia de Coronavirus. De venderse cerca de 350 millones de boletos anuales en el país en 2019, en 2025 la cifra cayó a 203 millones.

Pero eso no es todo. Mientras que entre las personas mayores de 65 años descubrieron la comodidad de ver películas en streaming, los más jóvenes solo quieren ir al cine cuando se trata de películas “evento”. Es decir, el concepto del cinéfilo frecuente, el que asistía al cine una vez por semana, parece una especie en extinción. 

Ahora solo quedan quienes se dignan a ver películas de moda en redes sociales, como la secuela de El diablo viste a la moda 2 o La Odisea, aunque se lo piensen dos veces si el filme se extiende por más de tres horas. Resulta mucho más cómodo pausarla en la sala de la casa, donde pueden “scrollear” la pantalla de su teléfono cada tantos minutos.

Aquello que Parménides García Saldaña consignó en su libro El Rey Criollo respecto a los disturbios que armaron los jóvenes en 1959 durante la exhibición de King Creole, la película protagonizada por Elvis Presley, en el cine Las Américas, parece extraído de un cuento de ciencia ficción. Paradójicamente, el reto en la actualidad no radica en evitar un portazo en el cine, sino en convencer a las personas de que asistan.

Las nuevas generaciones han querido llevar más lejos la experiencia de ver una película. Desde 2024, en Austin existe el Hyperreal Film Club, una sala de exhibición para 60 personas que, además de la película, ofrece actividades temáticas para aderezar la diversión: por ejemplo, organizar una noche de bromas antes de ver Jackass o una partida de blackjack previo a la proyección de Ocean’s Eleven.

Los grandes consorcios también buscan la forma de exprimir la pasión de los fandoms. No olvidemos que la venta de alimentos y bebidas representa hasta el 60% de los ingresos de complejos como Cinemex o Cinépolis. La producción limitada de vasos coleccionables, palomeras y juguetes alusivos genera un comercio en plataformas de reventa donde una palomera de 450 pesos puede  valuarse hasta en 1,500 pesos.

La sobremesa

La primera película que se proyectó con fines comerciales en la historia fue La salida de los obreros de la fábrica Lumière, en 1895. Desde entonces, hemos atestiguado el nacimiento del cine sonoro, a color, en 3D y en IMAX. También los autocinemas, los cine clubes estudiantiles, las películas musicalizadas en vivo y los maratones nocturnos.

Pero los números parecen decirnos que cada vez hay menos personas a quienes les llame la atención disfrutar de una película en una sala junto a decenas de desconocidos. 

Si Hitchcock viviera, quizá diría que el cine actual es el reto de sacar a un ser humano de su casa para convencerlo de ir ver una película.

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Arturo J. Flores (@arturoeleditor) es escritor, periodista y guionista. Ha trabajado con publicaciones internacionales como In Touch y People en Español, además de haber sido editor de Playboy México. Es autor de varios libros entre cuento y crónica, así como ganador del Premio Justo Sierra O’Reilly de Novela. Está convencido de que, además de huesos y músculos, el ser humano está hecho de historias.

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