Cuando todo es acoso laboral, nadie queda protegido

Confundir un conflicto laboral con acoso laboral no ayuda a las víctimas: debilita las investigaciones, distorsiona la cultura y pone en riesgo reputaciones.

En las empresas mexicanas ya todos hablan de acoso laboral. La buena noticia: se denuncia más. La mala: muchas veces no sabemos qué estamos denunciando. Entre callar una violencia real y etiquetar cualquier conflicto como acoso, hay una palabra que debería estar en el centro de toda organización: capacitación.

El aperitivo

Estas ya son palabras mayores

Hay términos que entran a una oficina y cambian por completo la temperatura de una conversación.

Acoso es una de ellas.

Cuando alguien dice que fue víctima de acoso laboral, la empresa ya no está frente a un simple desacuerdo entre compañeros, una mala junta o un jefe con pésimas formas. Está frente a una denuncia seria, con impacto humano, reputacional y organizacional.

Y eso es una buena noticia.

Durante años, demasiadas conductas abusivas se normalizaron bajo frases como: “así es su carácter”, “no te lo tomes personal” o “aguanta, todos pasamos por eso”. Que hoy las personas se atrevan a denunciar habla de un cambio cultural necesario.

El problema aparece cuando la palabra se usa para nombrar todo.

Una retroalimentación dura. Una diferencia de criterio. Una exigencia de resultados. Una falta de respeto. Un mal liderazgo. Todo puede ser grave. Todo puede requerir atención. Pero no todo es acoso laboral.

En México, la conversación no es decorativa: la Ley Federal del Trabajo establece como obligación de las personas empleadoras implementar, en acuerdo con los trabajadores, un protocolo para prevenir la discriminación y atender casos de violencia, acoso u hostigamiento sexual, además de erradicar el trabajo forzoso e infantil.

El reto ya no es solo tener el protocolo.

Es entenderlo.

El plato fuerte

Una cosa es hostigar y otra acosar

A lo largo de mi carrera he participado en diversas investigaciones internas derivadas de denuncias por acoso laboral. También he impartido múltiples capacitaciones sobre prevención de discriminación y violencia en los centros de trabajo. 

Y hay un patrón que se repite con frecuencia incómoda. En mi experiencia, cerca de 95% de las personas no distingue con claridad qué es acoso sexual, qué es acoso laboral, qué elementos los caracterizan y cuál es el alcance de señalar formalmente a otra persona como acosadora.

Ese desconocimiento es peligroso en dos direcciones.

Primero, porque puede hacer que una víctima real tarde en denunciar o no sepa cómo hacerlo. 

Segundo, porque puede llevar a que un conflicto laboral, una falta de respeto o una mala práctica de liderazgo sea etiquetada automáticamente como acoso.

Y no son lo mismo.

La propia Ley Federal del Trabajo distingue el hostigamiento y el acoso sexual: el primero implica ejercicio de poder en una relación de subordinación; el segundo puede existir aun sin subordinación, cuando hay abuso de poder que coloca a la víctima en indefensión o riesgo.

El acoso laboral tiene otra lógica. El modelo de la STPS lo describe como una forma de violencia que se presenta en una serie de eventos orientados a intimidar, excluir, opacar, amedrentar o consumir emocional o intelectualmente a la víctima, causando daño físico, psicológico, económico o laboral-profesional.

Ahí está la clave: no todo acto incorrecto es acoso, pero todo acto incorrecto merece ser revisado.

Una falta de respeto puede ameritar una sanción. Un insulto puede justificar una consecuencia. Un abuso de autoridad puede revelar un problema serio de liderazgo. Pero llamar a alguien “acosador” no es un adjetivo más en la oficina. Es una imputación que puede afectar su carrera, su reputación y su vida profesional.

Por eso, una investigación bien hecha no minimiza denuncias, las ordena. Y no desacredita a quien denuncia.

Protege el proceso. No encubre conductas.

Distingue entre conflicto, violencia, acoso, hostigamiento, mala gestión y falta de respeto. Y esa distinción importa.

Porque cuando todo se llama acoso, la palabra pierde fuerza. Y cuando eso ocurre, quienes verdaderamente viven acoso quedan peor protegidos.

La sobremesa

Implementar una cultura del criterio, ese es el reto

El dato para llevar a la próxima comida de negocios no es jurídico, es cultural.

Una empresa madura no es la que presume tener un protocolo guardado en una carpeta. Es la que logra que sus colaboradores sepan cuándo usarlo, cómo usarlo y por qué usarlo con responsabilidad.

Denunciar no debería dar miedo. Pero denunciar también exige entender el peso de las palabras.

Porque entre el silencio que protege al agresor y la acusación ligera que destruye reputaciones, existe un punto mucho más sofisticado: la cultura del criterio.

Ese es el verdadero reto para las empresas. No solo prevenir el acoso laboral.

También aprender a nombrarlo correctamente. Porque una organización que no sabe distinguir entre un mal jefe, una falta de respeto y un acosador no tiene una cultura de respeto, tiene un problema de lenguaje.

Y en el mundo corporativo, nombrar mal las cosas casi siempre termina en gestionarlas peor.

¡Compártelo!

Christina Martínez (@chris.tuabogada) es especialista en Derecho Corporativo, Laboral y Migratorio. Asesora a empresas nacionales e internacionales en estrategias corporativas, laborales, migratorias, cumplimiento normativo y transformación organizacional. Además, es mamá orgullosa de 18 “perrihijos” y convencida de que las mejores conversaciones -y las mejores ideas- siempre comienzan alrededor de una buena sobremesa.

Tu próxima lectura te espera...

¡Suscríbete a nuestro Newsletter!

Subscription Blog