El que ríe al último… quizá planea una revolución

Pese al contexto de crisis y violencia en Latinoamérica, el humor sigue siendo el género rey en las pantallas. Un vistazo a la estructura matemática del chiste, sus efectos neurológicos y su poder como herramienta de resistencia.

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POR ARTURO FLORES

@arturoeleditor

El aperitivo

Para una región con 183 millones de personas que viven en condición de pobreza y que concentra un tercio de los homicidios que se cometen en el mundo, sorprende que la comedia sea nuestro género favorito.

De acuerdo con un estudio de BB Media, 61 % de los consumidores de contenido en plataformas de streaming en Latinoamérica prefieren la comedia, por encima de otros como la acción o la ciencia ficción.

O tal vez no hay que buscarle tres pies al gato. Con tantísimas razones para vivir estresados en el mundo real, lo que más ansiamos algunos es poder reír un rato.

El plato fuerte

Uno de mis profesores de comedia de autor, Héctor Suárez Gomís, decía que la comedia y el drama en realidad partían de la misma estructura: un personaje que lucha, teniendo todo en su contra, por alcanzar algo. La diferencia consiste en que, en el drama, ese protagonista tiene esperanza. En la comedia, no.

He ahí por qué Jim Carrey puede arrancarnos una carcajada en películas como Mentiroso, mentiroso (un abogado que miente compulsivamente se ve obligado a decir la verdad durante 24 horas), pero también generó un nudo en la garganta a muchas otras personas con su actuación en Eterno resplandor de una mente sin recuerdos, en la que un tipo que se sometió a un procedimiento médico para olvidar a su exnovia, se arrepiente y comienza una batalla por no perder aquellas memorias.

El abogado nos desternilla de risa porque desde el momento uno se sabe perdido. El enamorado, en cambio, mantiene viva la llama. Por eso, nos hizo llorar, o casi, en el cine.

La comedia le debe su éxito a la estructura. Las series más exitosas en las plataformas, digamos The Big Bang Theory, Malcolm el de en medio o Two Broke Girls, están escritas de manera que provoquen risa cada 30 segundos. Se valen de un principio efectivo: la premisa y el remate. La primera establece la situación y la segunda, lo que otro de mis profesores, Jurgan Jacobo, describe como “el jalón de tapete”.

El cerebro piensa que el discurso irá en una dirección, pero en realidad va para otro lado. Así se genera un cortocircuito que se traduce en una carcajada.

Sheldon, de The Big Bang Theory, acude a una agencia de empleos. Lo atiende una secretaria.

—Muy bien, señor Cooper, así que busca un trabajo.

—Sí, pero que sea lo más aburrido posible… así como el suyo.

De ahí se desprenden otros recursos como el call back, la regla de tres o los listados, que los escritores aplican para plantear situaciones absurdas que generan risa. Y lo mejor de todo es que la risa es una droga gratuita, legal y que, a diferencia de otras, genera beneficios en la salud.

Cuando escuchamos un chiste, se activa nuestra corteza prefrontal, específicamente el núcleo accumbens o centro del placer, y se liberan altas dosis de dopamina. Si lo vemos así, un escritor de comedia es, en esencia, un dealer, y a 61 % de los latinoamericanos que consumimos comedia nos podrían anexar.

En este contexto, hay que mencionar que hay personas inmunes a la comedia.

No solo es que no les guste la comedia, es que no la comprenden. Solo es que hay cabezas que funcionan distinto.

Por ejemplo, algunas personas dentro del espectro autista procesan la información de manera muy literal. Debido a que el humor requiere entender el sentido figurado de las cosas, los sujetos no comprenden el sarcasmo o la ironía.

La sobremesa

Una idea generalizada respecto a la comedia es que las personas que la practican son muy chistosas. Craso error. La mayoría de los comediantes son todo menos hilarantes en su vida cotidiana. Algunos de ellos, como Woody Allen, Ellen DeGeneres, Robin Williams (QEPD) o —hablando de México— Carlos Ballarta, son reservados, tímidos, incluso atormentados. Otros, como Malena Pichot, en realidad tocan en sus rutinas temas muy serios, como el aborto, de maneras tan originales que ahí generan la risa.  

Los comediantes son en realidad plumas sobresalientes, capaces de plantear situaciones que provocan risa a partir de puntos de vista sumamente oscuros. Hackean cerebros, pues.

Tal vez por eso hay gente poderosa que le tiene  miedo a los que hacen reír. Donald Trump ha protagonizado una serie de peleas con muchísimos comediantes, entre los que se encuentran Jimmy Fallon, Sacha Baron Cohen, Jimmy Kimmel y Rosie O’Donnell.

En México, no pinta tan distinto. La famosa iniciativa para proteger a las audiencias podría servir para silenciar, además de a periodistas, a comediantes críticos del sistema.

Edgar Allan Poe escribió un cuento titulado Hop-Frog, acerca de un enano bufón que, simulando una broma, consigue vengarse sanguinariamente del rey tirano que lo esclavizó.

Tal vez no es casualidad que en esta Latinoamérica tan azotada por los excesos del poder, nos guste tanto la comedia.

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Arturo J. Flores (@arturoeleditor) es escritor, periodista y guionista. Ha trabajado con publicaciones internacionales como In Touch y People en Español, además de haber sido editor de Playboy México. Es autor de varios libros entre cuento y crónica, así como ganador del Premio Justo Sierra O’Reilly de Novela. Está convencido de que, además de huesos y músculos, el ser humano está hecho de historias.

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