El plato fuerte
Un imperio sin franquicias
Cuenta la historia que el negocio se llamaba Las Dos Poblanas. Así lo bautizó Marco Antonio Campos en 1978 como homenaje a su madre y su abuela. Eran ellas quienes preparaban los antojitos que vendía en la banqueta en la calle de Floresta para ayudar a pagar sus estudios de Derecho. En un principio, tuvo un socio de nombre Miguel, quien era esposo de una de sus primas. Fue él quien invirtió la suma de dinero para comprar el anafre con el que mantenían calientes los guisados. Pero la sociedad se rompió el primer día, porque a Miguel no le alcanzó el temple para ponerse a vender en la calle. Ni siquiera reclamó su capital. Le dijo a Marco Antonio que lo tomara como un obsequio.



