En otra ocasión, leí un artículo que pululaba en Twitter en el que el autor afirmaba que las élites eran extremadamente delgadas porque eso significaba que no conocían la carencia (“ahorita que hay, como de más, porque después quién sabe si haya”). Además, porque los pechos pequeños, en el caso de las mujeres, eran sinónimo de que no amamantaron, pues ese era el papel de las nodrizas en los tiempos coloniales. Sus ADN físicos eran así, sostenía el texto, y las élites modernas lo perpetúan aun si sus cuerpos no son delgados.
Hoy en día sabemos que el tamaño de los pechos y las caderas no influyen en la lactancia ni en la fertilidad, respectivamente. Sin embargo, la idea de que una mujer delgada es más refinada, más sexy, misteriosa y elegante persiste como en los tiempos coloniales en los que solo las nodrizas, las cocineras y las criadas (término que se aplicaba a las indígenas “criadas por el patrón español para aprender a portarse”) eran las “chonchas”.
Así que a fin de cuentas volvemos a la conciencia de clase: las gordas son corrientes; las flacas son finas. Esos estereotipos persisten en todas las esferas sociales de la actualidad y no solamente en la televisión, el cine y en general, en el entretenimiento. Lo perpetúan las tiendas de ropa, las empresas comerciales y corporativos de cualquier tipo.



